El dolor dejó de ser una ola para convertirse en un abismo.
—¡Ah! —el grito de Lulu desgarró el aire, ya sin contención, sin fuerzas para seguir luchando contra lo inevitable.
Su cuerpo temblaba, arqueándose con violencia, como si algo en su interior no solo quisiera nacer, sino abrirse paso reclamando su lugar en el mundo. El sudor empapaba su piel y sus dedos, crispados, arañaban la madera con una desesperación que no podía controlar.
—Respira… respira… —insistía la voz a su lado, firme, aunque lejana, como si perteneciera a otro lugar.
Porque Lulu ya no estaba del todo allí. Había cruzado un umbral invisible, y al otro lado… algo la observaba. Fuera, el bosque reaccionó.
Las raíces se tensaron bajo la tierra, las hojas dejaron de susurrar y hasta las criaturas guardaron silencio, como si una presencia mayor hubiese reclamado la calma. Era un silencio distinto, expectante, como si el propio bosque estuviera conteniendo el aliento.
Dentro de la casa, el aire se volvió denso, casi irrespirable. Cada respiración costaba. Cada latido dolía.
—No es… solo… un niño… —jadeó Lulu, con la mirada fija en algo que nadie más podía ver—. Está… viniendo con él…
Entonces la oscuridad se movió, no desde fuera, desde dentro.
Las sombras de la habitación se alargaron, separándose lentamente de las paredes, deslizándose por el suelo con una fluidez antinatural, como si tuvieran voluntad propia.
Y de entre ellas emergió, un pequeño gato, negro como la noche más cerrada, salvo por un mechón blanco en el pecho, tan definido que parecía una diminuta corbata. Sus ojos, abiertos y conscientes, no parpadeaban; había en ellos una serenidad antigua, imposible en una criatura tan pequeña.
Avanzó hacia Lulu sin prisa, como si aquel momento le perteneciera.
—…ya estás aquí… —susurró ella, entre el dolor y el alivio.
No era una sorpresa, era un reencuentro, en ese momento el dolor alcanzó entonces su punto más brutal. Un último empuje, un grito que lo rompió todo… y después, el silencio.
Breve, denso y absoluto. Hasta que llegó el llanto, fuerte, claro, innegablemente vivo. El bebé había nacido.
—Cloudial… —susurró Lulu, apenas con voz, pero con una certeza absoluta.
Ese nombre no se elegía, se recordaba, pero la magia aún no había terminado, el gato dio un salto, no como lo haría un animal, sino como algo que regresa a su lugar. Su cuerpo se disolvió en una bruma oscura, suave como tinta expandiéndose en el agua, y durante un instante todo pareció ralentizarse, como si el mundo necesitara observar aquel cambio.
Su forma se plegó sobre sí misma, transformándose, y entonces… un libro, pequeño, cubierto de un pelaje oscuro, suave y cálido, con el mismo mechón blanco en el centro. Dos ojos se abrieron lentamente en su cubierta, y una pequeña boca se estiró, como si respirara por primera vez. El libro estaba vivo. Se deslizó hasta el recién nacido y se acomodó junto a él, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar, en ese instante, Cloudial abrió los ojos. Eran amarillos como el ámbar, brillantes con una intensidad extraña, profundamente felinos, como si en ellos habitara algo más antiguo que su propio nacimiento, el aire vibró a su alrededor, no como un hechizo aprendido, sino como algo instintivo, primitivo, inevitable.
El vínculo se selló, fuera, el bosque reaccionó, las criaturas se inclinaron, las sombras retrocedieron, y en lo más profundo de sus raíces algo despertó, removiéndose con una conciencia que llevaba demasiado tiempo dormida, porque no había nacido solo un niño, había nacido un BestiMago, y el mundo… acababa de notarlo.